Hay artistas que hacen conciertos y artistas que hacen historia. Bryan Adams pertenece, sin ninguna duda, a la segunda categoría, y la noche del lunes 2 de marzo de 2026 en la Arena CDMX fue la prueba más contundente de ello. El legendario cantautor canadiense se presentó como parte de su gira mundial “Roll With The Punches Tour” —su segunda parada en México, tras Guadalajara el 28 de febrero y antes de Monterrey al día siguiente— y entregó uno de los shows más completos y honestos que han pasado por el recinto de Azcapotzalco en los últimos años.
La noche arrancó con los teloneros Yumi Hana, que prepararon el ambiente para lo que estaba por venir. Poco después de las 21:00 horas, con la Arena llena y miles de personas de distintas generaciones congregadas —desde quienes crecieron con sus discos en los años 80 y 90 hasta jóvenes que lo descubrieron en plataformas de streaming—, Bryan Adams tomó el escenario sin preámbulos ni introducciones grandilocuentes. Sin video de apertura, sin pantallas contando regresivamente: simplemente caminó hacia el frente del escenario, tomó su guitarra acústica y lanzó los primeros acordes de “Can’t Stop This Thing We Started” desde una pasarela secundaria.
Ese arranque íntimo y despojado fue, en sí mismo, una declaración de principios. Este no es un show de luces estroboscópicas ni de bailarines sincronizados; es un concierto de música rock interpretada por un músico de verdad, rodeado de una banda sólida y con la convicción de quien sabe exactamente lo que tiene entre manos. Para el público mexicano, que lo había visto por última vez en la CDMX en una visita anterior, el reencuentro fue inmediato y visceral: los primeros acordes desataron los primeros coros masivos de una noche que duraría más de dos horas.
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El corazón del espectáculo fue un setlist de 30 canciones que funcionó como el resumen más completo y generoso de toda su trayectoria. Con la inteligencia de un músico que conoce perfectamente el valor de cada pieza en su catálogo, Bryan Adams construyó la noche como una narrativa en tres tiempos: una apertura acústica íntima desde la pasarela secundaria, un bloque central de rock duro y potente en el escenario principal, y un cierre de himnos absolutos que hizo temblar el recinto.
Los tres primeros temas del show —“Can’t Stop This Thing We Started”, “Straight From the Heart” y “Let’s Make a Night to Remember”— sonaron en formato acústico desde el B-Stage, creando un espacio de cercanía poco habitual en un recinto de ese tamaño. A partir de ahí, el show escaló en intensidad: “Kick Ass”, “Run to You”, “Somebody” y “Roll With the Punches” —el tema central de la gira— llegaron con la banda completa, guitarras al frente y el bajo retumbando en todo el edificio.
La sección media fue un viaje emocional que alternó la potencia rockera con momentos de alta carga sentimental. “Do I Have to Say the Words?” se acompañó del video original de 1992, lo que provocó una oleada nostálgica inmediata en el público mayor, mientras que “18 Til I Die”, “Please Forgive Me”, “Heaven” y “It’s Only Love” construyeron el bloque más cantado de la noche. La batería dominó en “Make Up Your Mind” con un solo extendido que demostró la calidad técnica de la banda, antes de que Bryan volviera a la guitarra acústica para las secciones más íntimas del set.
El tramo final del show fue devastadoramente bueno: “Have You Ever Really Loved a Woman?”, “So Happy It Hurts”, “Here I Am” y “The Only Thing That Looks Good on Me Is You” prepararon el terreno para los cuatro cañonazos finales que ya nadie podía creer que llegarían todos en la misma noche: “(Everything I Do) I Do It for You” —acompañada por literalmente todos los teléfonos encendidos del recinto como linternas—, “Back to You”, “Summer of ’69” —presentada con un nuevo y mejorado intro de guitarra que arrancó el rugido más largo de la noche— y el cierre acústico con “All for Love”, el clásico de Bryan Adams, Rod Stewart y Sting, interpretado en solitario desde el escenario principal.
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Sería fácil, y equivocado, reducir el concierto de Bryan Adams a un ejercicio de nostalgia para públicos de mediana edad. Lo que ocurrió el 2 de marzo en la Arena CDMX fue algo más complejo y valioso: la demostración de que un artista que construyó su carrera con canciones genuinas y trabajo honesto puede llenar recintos de 20,000 personas cuarenta años después sin recurrir a trucos, hologramas ni narrativas manufacturadas.
La voz de Bryan Adams sigue siendo el instrumento más poderoso del show. A sus 66 años, el canadiense canta con la misma potencia y el mismo grit rockero que en sus discos más icónicos, algo que muchos artistas de su generación ya no pueden decir. Esa consistencia vocal, combinada con una presencia escénica relajada pero magnética, generó una conexión directa con el público mexicano que se notó en cada coro y en cada momento de silencio colectivo durante las baladas más grandes.
El show también funcionó como la presentación en vivo del material de su más reciente álbum “Roll With The Punches” (2025), cuyo sencillo homónimo y otros cortes nuevos se integraron al setlist sin romper el flujo de la noche, demostrando que el nuevo material resiste bien la comparación con sus clásicos. Para los fans más jóvenes que llegaron atraídos por el álbum nuevo o por los algoritmos del streaming, la noche fue también una puerta de entrada a un catálogo enorme que no tiene desperdicio.
La CDMX fue, de las tres fechas mexicanas del tour, la plaza más grande y más exigente. Responderla con 30 canciones, más de dos horas de energía intacta y cero concesiones al espectáculo vacío reafirma una verdad simple sobre Bryan Adams: no necesita reinventarse porque nunca dejó de ser auténtico. En un año lleno de conciertos, su noche en la Arena CDMX fue de las que se recuerdan.
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